Morphine

De pronto me encuentro contigo, pequeña. Tan pequeña a simple vista. Vista desde lo alto del seno de sí misma. Ella, la misma que soñara mientras rebanaba inviernos. Y cuánto frío es que hacía. No recuerdo, pero sí que la recuerdo ataviada en arabescos, que miraban cual espejos a mis horas de partida, desde el tramo inacabado de las letras de toda la palabra vida; tan de lejos que mi carne se fundía con la suya. Yo no tuve nunca carne. Era un cuerpo en llamas sin cabida para carne, sin espacio para huesos. A un suspiro de distancia, éramos un solo cuerpo, una chispa decidida a estrellar el cielo y salpicarlo de risas, de vaivenes oscilantes al ritmo de lunas amplias. Esos éramos en juego, en hechizos de violento palpitar hacia el deshielo; éramos el tono malva dibujado con el alba. Y ya no rebanaba inviernos porque el calor nos arropaba. El frío se delimitaba con la punta de los dedos. Pero cuando la tocaba, cuando al transitar su cuerpo me topaba con su calma, entonces es que sabía que había encontrado mi centro. Estaba dentro del sueño, de aquella misma cumbre del seno donde el infinito encanta y resuelve lo que debe de ser cierto. Tan pequeña a simple vista. Tan inmensa mi morada.

Fotografía: Irene Cruz

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